El arte de la ficción
Walter Besant / Henry James / Robert Louis Stevenson

Introducción de Álvaro Uribe

Traducción de Juan José Utrilla


El arte de la ficción consta de tres artículos, 

La historia no ficticia de El arte de la ficción comienza el 25 de abril de 1884 en la Royal Institution de Londres. Walter Besant (1836-1901), un narrador prolífico entonces en el apogeo de su popularidad, imparte una conferencia que será recogida en un fascículo y comentada con amplitud en la prensa. Asevera con cautela, como si fuera una herejía, que «la ficción es un arte». 

La versión original de «El arte de la ficción» adopta con bonhomía no exenta de candor la forma de una carta admonitoria a un joven novelista. Con la autoridad de un experimentado escritor y lector, Besant ofrece al eventual aprendiz una serie de reglas prácticas del buen novelar. 

Con el fin de ilustrar el fenómeno comprobable de que la calidad narrativa no siempre lleva consigo el éxito de ventas, el conferenciante mencionó sin nombrarlo a un diestro novelista cuyo «valor monetario en el mercado es considerablemente inferior al de muchos otros cuyo genio no es la mitad de grande, pero cuya popularidad es doble». También incluyó, de paso entre los narradores con futuro promisorio, a cierto «Louis Stevenson». Ambos autores, lo mismo el genial innombrado que el debutante del nombre trunco, decidieron salir al quite. 


El segundo y central capítulo de «El arte de la ficción» aparece en la entrega correspondiente a septiembre de 1884 del londinense Longman's Magazine. Henry James (1843-1916), establecido en Inglaterra una década antes, se pone el saco del genio admirado pero no siempre leído por sus contemporáneos para replicarle a Walter Besant en sus mismos términos y con el mismo título de su disertación. 

asume a su vez el compromiso de defender la seriedad artística del novelista.

James dice creer, como Besant, que la misión del novelista es «representar la vida». No está, empero, de acuerdo con su antecesor en que se pueda definir con facilidad «cómo debe ser la buena novela». La única obligación de esta forma narrativa, señala con rotundidad, es «que sea interesante». Para serlo, más que obedecer una serie de reglas, tiene que gozar de «perfecta libertad». El arte de la ficción ha de burlarse de los preceptos, emplearlos en su beneficio hasta donde le resulten útiles y desecharlos sin miramientos cuando le estorben.

El tercer capítulo de El arte de la ficción se publicó a finales de 1884, asimismo en el Longman s Magazine. Robert Louis Stevenson (1850-1894), radicado pocos meses antes en Bournemouth, donde emprenderá la etapa más productiva de su breve vida, se aventura a terciar en la discusión. A sus 34 años es conocido sobre todo como autor de libros de viajes y, gracias precisamente a La isla del tesoro, de relatos de aventuras (romances). Pese a ser distinto en todo a Henry James, tiene por él una honda admiración y la circunstancia le resulta propicia para entablar un público diálogo con el Maestro.

Con insolente ironía, Stevenson le da a su contrarréplica el título de «Una humilde amonestación''. Su alegato esgrime el arma punzante del sentido común. Es impropio, arguye con tino, hablar del «arte de la ficción» como hacen Besant y James. Pues «la ficción es un elemento que está en todas las artes salvo la arquitectura». Hay ficción en prosa y en verso. La hay, incluso, en la poesía lírica. Por lo demás, una narración no siempre se refiere a hechos ficticios: ahí están la historia y la biografía para corroborar que los procedimientos narrativos no son exclusividad de la ficción. Lo correcto, en literatura, es hablar del «arte de la narrativa ficticia en prosa».

Besant propone, según ya se dijo, que el novelista describa la realidad conforme a la experiencia inmediata: su posición, en la jerga filosófica, es la de un realista ingenuo. James ve en la novela una impresión personal y directa de la vida: es en cierto modo un idealista, pero su idealismo está atemperado al estilo kantiano por la trascendencia artística de la subjetividad. Stevenson, por su parte, se revela como un nominalista, convencido de que el mundo se reduce a la palabra que lo mienta. 

De tales honduras metafísicas Stevenson extrae un silogismo irrebatible. Su premisa mayor: que «la novela, que es un arte, existe no por sus similitudes con la vida, sino por su inconmensurable diferencia de la vida, diferencia planeada y significativa». La menor: que «la vida del hombre no es el tema de las novelas, sino el inagotable depósito del que hay que seleccionar los temas». La conclusión se presenta como un consejo al imaginario joven aprendiz a quien también fingieron dirigirse Besant y James: «que tenga siempre presente que su novela no es una transcripción de la vida a la que se debe juzgar por su exactitud, sino una simplificación de algún lado o aspecto de la vida, que se sostendrá o caerá por su simplicidad significativa».


Stevenson aludía sin duda a las muchas páginas del ensayo en que increpa a James para manifestar, a veces irónicamente, su desacuerdo. 

Las teorías literarias de los escritores suelen ser menos una propuesta racional para el entendimiento de la literatura ajena que una justificación tenaz para la obra propia. 


apuntes, experiencias, lecturas y todo un arsenal de ideas, sentimientos y sensaciones que componen un autorretrato en marcha, abarca desde principios de la década de los cincuenta hasta el fallecimiento del autor en el año 2010. En palabras de Ignacio F. Garmendia, «la publicación de estos Aerolitos completos constituye una aportación de primer orden, no sólo para los conjurados que han mantenido la memoria de Ory sino también para los afectos a la literatura que indaga, sorprende y estimula, es decir, la que renuncia a los caminos previsibles y el lenguaje rutinario para proponer, con la complicidad del lector, una mirada transformadora». 


ISBN: 978-84-124114-9-2 | Género: Ensayo literario | Formato: 135 x 215 mm | Encuadernación: Rústica cosida con solapas | Páginas: 000 | Lanzamiento: Julio 2022 | Edición: 1ª | Precio: 18 €


Cumplida ya una década tras su fallecimiento, CARLOS EDMUNDO DE ORY (Cádiz, 1923; Thézy-Glimont, Francia, 2010), punta de lanza del movimiento postista, ha terminado por instituirse como una de las figuras más singulares y radicalmente inclasificables del panorama literario hispanoamericano contemporáneo, en consonancia con el extraordinario voltaje de su aventura poética. Su obra literaria abarca de forma omnímoda la poesía, la novela, el cuento, el ensayo, el aforismo (rebautizado por el autor en un género propio al que llamó «aerolitos»), el diario y la escritura epistolar. Con la recuperación de sus cuentos y de su obra lírica y la publicación de un nuevo corpus biográfico en torno al escritor, muchos lectores han accedido por fin a una obra de alcance y resonancia universales, entre la que descuellan Música de lobo. Antología poética 1941-2001 (2003), Diario 1944-2000 (2004)Cuentos sin hadas (2017), Mephiboseth en Onou (Firmamento, 2021) y Aerolitos completos (Firmamento, 2022).


Ory descoyunta el idioma, urde neologismos, busca la sorpresa, supedita la lógica a la intuición y la ornamentación verbal al juego de espejos imaginativos

     JOSÉ MANUEL CABALLERO BONALD, Examen de ingenios  


Me hubiera encantado publicar todos tus diarios, todos tus poemas, todas tus narraciones. Siempre he creído que eres el gran desconocido de la literatura española de este fin de siglo

     ROBERTO BOLAÑO, en una carta al autor (24 de noviembre de 1992) 


Se diría que lo primordial en el aerolito es la nervadura de la imaginación y del ingenio, la nota expresionista unas veces, el minimalismo verbal y el toque lírico u onírico otras

     JAUME PONT, La poesía de Carlos Edmundo de Ory


Inmensamente sabio e inmensamente ingenuo, Ory es como la suma de un viejo muy viejo y un niño muy niño

     IGNACIO F. GARMENDIA, «Alado Carlos Edmundo» (prólogo)